El séptimo arte ha encontrado en torno a una mesa, abundante o escasa de alimento, un fértil campo de cultivo del que extraer historias para plasmar en la gran pantalla. Las hay de todos los sabores y olores.  Los ingredientes varían de una película a otra, pero comparten un hilo argumental en el que en torno a la comida se cuecen las relaciones entre los personajes.
Resulta muy evocador el lenguaje que emana de cada uno de los platos que aparecen en las secuencias de los largometrajes. Un mago a la hora de hacer hablar a las imágenes fue el elocuente Charles Chaplin. Han pasado ochenta y seis años desde que se estrenara “La quimera del oro” y aún se percibe el aroma de aquel zapato que Chaplin degustó con  devoción y ahínco.  Es extraño que no se lea en algún menú de un bar o restaurante una sugerencia del día que diga “Zapato a lo Chaplin”, porque el éxito está casi asegurado.
Para aquellos que nunca dudan en probar la manzana de turno, “Viridiana” es su película. La famosa escena de un grupo de vagabundos sentados alrededor de una mesa dándose un homenaje culinario aún se le atraganta a algún que otro espectador. La mejor recomendación es catarla para cerciorar si al paladar le gusta o no.
El cine, reflejo de la realidad dramatizada, no concibe una buena mesa sin vino. “Entre copas” es un homenaje, un tanto beodo, a la crisis de la mediana edad. Cata tras cata, brindis tras brindis, se añora todo aquello que queda atrás y ya no se podrá volver a saborear. Qué mejor remedio que la perdición de Baco para olvidar.
En una próxima entrada continuaremos este viaje gastronómico a través del cine. Si te apetece participar, por favor, haznos llegar tus recomendaciones.